La noche había caído sobre la ciudad cuando Raúl salió de la oficina de Del Valle Corporation. El reloj marcaba las siete y media, y las calles comenzaban a vaciarse, pero él no se dirigió a su pequeño apartamento como solía hacer. En cambio, tomó un desvío, luego otro, y otro más, en un recorrido errático que cualquier observador casual podría atribuir al tráfico o a la casualidad.
No era casualidad. Era precaución.
Desde el incidente con Elías, Raúl no podía quitarse de encima la sensación de