Se acercó directamente a Bianca, rodeó su cintura con un brazo y la atrajo hacia sí. Antes de que ella pudiera reaccionar, inclinó la cabeza y depositó un beso en sus labios. No fue un beso rápido, de cortesía. Fue un beso lento, deliberado, que decía esta es mi mujer sin necesidad de palabras. Bianca se derritió contra él, su tensión disolviéndose en el calor de su cuerpo.Cuando se separaron, Luciano la miró a los ojos y sonrió, una sonrisa pequeña y privada que era solo para ella.—Buenos días —murmuró.—Buenos días —respondió ella, y su voz ya no temblaba.Él la abrazó entonces, un abrazo profundo y completo, con el rostro enterrado en su cabello y los brazos firmes alrededor de su espalda. Bianca se aferró a él, respirando su aroma a jabón de cedro y a hogar. El mundo exterior —Gabriela, los huevos benedictinos, las líneas rojas— se desvaneció por un momento.Gabriela observaba, paralizada. Sus manos, ocultas bajo el borde de la encimera, apretaban el mármol con tanta fuerza que
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