La mañana siguiente amaneció gris, como si el cielo mismo reflejara el estado de ánimo de la mansión. Luciano había pasado la noche en vela, sentado en el pasillo, cerca de la habitación de Mateo, sin atreverse a entrar pero sin poder alejarse. Escuchó los sollozos apagados de su hijo hasta altas horas de la madrugada, y cada uno de ellos fue un puñal directo al corazón.
Cuando el sol comenzó a colarse por las ventanas, se levantó con el cuerpo entumecido y la cabeza pesada. Necesitaba ver a Ma