La mañana caía sobre el pequeño apartamento de Francisca como un manto azul. Bianca estaba recostada en el sofá, con una manta sobre las piernas, mirando sin ver la televisión apagada. Los días pasaban lentos, monótonos, llenos de silencios que ella no sabía cómo llenar. Su mente seguía siendo un archivo vacío, pero su corazón... su corazón a veces dolía sin razón.
Francisca se sentó a su lado, con una taza de té en las manos. Patricia estaba en la cocina, lavando los platos de la cena, aunque