Bianca había llegado al final del camino de entrada cuando escuchó los pasos apresurados detrás de ella.
—¡Bianca, espera! —la voz de Luciano era un ruego desesperado—. ¡Por favor, solo dame un minuto!
Ella se detuvo, pero no se volvió. Las lágrimas quemaban sus ojos y el sol de la mañana le golpeaba el rostro con furia. Quería seguir corriendo, quería alejarse de esa casa, de ese hombre, de esa mujer en bata que había visto salir como si fuera la dueña. Pero sus piernas no le respondían.
Lucia