La mañana siguiente en Bruselas llegó con una luz fría y despiadada que entraba por los ventanales de la sala de juntas. Bianca había dormido con una paz extraña, anclada por la imagen de Luciano y Mateo durmiendo juntos. Llegó a la reunión con la armadura puesta: traje sastre negro, tablet cargada, mirada impenetrable. El fantasma del pasado ya no era una sacudida, sino un eco manejable.
Alberto ya estaba allí, revisando unos documentos junto al proyector. Al verla entrar, le dedicó una sonris