La luz de la mañana, fría y clara, parecía haber desinfectado la tensión nocturna de la mansión. Mateo había salido hacia el colegio con su mochila y su entusiasmo matutino, dejando un silencio cargado en el comedor de desayuno. Luciano, ya vestido con un traje gris oscuro, revisaba los titulares financieros en su tablet, una taza de café intacta frente a él. Cada línea de su cuerpo proclamaba una barrera impenetrable.
Gabriela entró con cuidado. Vestía unos jeans sencillos y un suéter de cuell