El trayecto en el lujoso SUV conducido por el chofer de la familia fue un breve interludio de quietud forzada. Mateo miraba por la ventana, impaciente, sus pequeñas piernas balanceándose con energía contenida. Gabriela, sentada a su lado, mantenía una sonrisa suave fija en su rostro, pero sus ojos, detrás de las gafas de sol discretas, escudriñaban el mundo que pasaba con la frialdad de un cartógrafo.«Esto es una inversión», pensó, mientras el vehículo se deslizaba por las calles arboladas del barrio exclusivo. «Cada minuto, cada gesto, es capital que invierto para recuperar lo que es mío. El niño es solo… la llave. Una llave viviente, sensible, que hay que engrasar con cuidado.»—¿Te gusta mucho nadar, Mateo? —preguntó, volviendo hacia él su atención calculada, su voz modulada en un tono de genuino interés.—Sí —respondió él, sin apartar la vista de la ventana—. Es como volar, pero en el agua. Y el profesor Daniel es muy bueno. Te enseña a respirar para no cansarte.—Suena fascinant
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