El mapa estelar, ahora completo, yacía sobre la alfombra como un testimonio de lógica aplicada. Pero Mateo no se había detenido. Había desarmado una sección del borde, no por frustración, sino por una necesidad metódica de reordenar, de probar nuevas combinaciones. Sus dedos movían las piezas con una calma hipnótica: clic, clac, giro, rechazo. Cada movimiento era pausado, deliberado. Era evidente que su mente, aguda como un diamante, estaba enfocada en algo mucho más complejo que el cartón impreso.Gabriela permanecía a su lado, inmóvil como una gárgola elegante, observando. Había aprendido, en poco tiempo, que con este niño la improvisación era un abismo. Cada palabra debía medirse, cada gesto calibrarse, cada pausa tener una intención. Respirar demasiado fuerte podía ser una señal; parpadear demasiado poco, una delación.—Gabriela —dijo Mateo de pronto. Su voz era clara, sin la timidez infantil. Un enunciado puro, dirigido al aire entre ellos, sin apartar la vista del pequeño cúmulo
Leer más