Ocho meses después…Desde fuera, todo parecía más o menos igual: las paredes impecables, el jardín recortado, los coches brillantes en la entrada. Pero por dentro, las cosas habían cambiado de forma silenciosa.Sobre todo para Sofía.El sonido del aspirador, el choque de la vajilla fina, los pasos medidos sobre el mármol… Todo había vuelto a ser parte de su rutina. Como cuando vivía con los Becker. Como cuando nadie sabía su nombre y solo servía.Solo que ahora había algo distinto: ella sí sabía que merecía más.—Sofía, la bandeja del ala oeste —ordenó una de las empleadas, asomándose por la cocina—. La señora Isabel quiere café para la reunión de esta tarde. Y que sea perfecto, ya sabes cómo se pone.—Ya voy —respondió Sofía, sin discutir.En el salón donde Isabel recibía a ciertas visitas, el ambiente olía a café y a conversación medida. Sofía dejó la bandeja en la mesa baja, a un lado del sofá.—Perfecto, Sofía —dijo Isabel, sin mirarla demasiado—. Gracias.Un hombre trajeado asint
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