Las palabras de Eduard quedaron suspendidas entre ellos.
Sofía notó cómo el estómago se le encogía.
Tenía la espalda casi pegada al borde de la cama. Él estaba de pie, a menos de un metro, demasiado cerca para que el corazón le latiera a un ritmo razonable.
—No puedes decirme eso —susurró ella—. No así. No ahora.
Eduard frunció el ceño, como si le costara ordenar los pensamientos.
—No estoy jugando contigo, Sofía.
—Ese es el problema —resp