La ambulancia llegó en menos de tres minutos, pero a Eduard le pareció una eternidad compactada en un solo instante de terror.Vanesa corría de un lado a otro gritando instrucciones improvisadas, buscando toallas, intentando no desmayarse.—¡Aquí! ¡Por favor, aquí! —vociferó cuando los paramédicos entraron al edificio.Sofía estaba en el suelo, recostada contra el pecho de Eduard, con su sangre oscureciendo la tela de su pantalón. Sus pestañas temblaban, luchando por mantenerse abiertas. El dolor era agudo, ardiente, pero lo que más la asustaba era la forma en la que su cuerpo empezaba a rendirse.—Mírame, mírame —repetía Eduard, con voz rota.—Señor, debemos separarlos —dijo uno de los paramédicos.—Esta bien –respondió él, aferrándose a ella—. Os dejo espacio, pero no la dejo.El paramédico se inclinó, midió la herida y murmuró:—La bala sigue dentro. No está letal, pero hay mucha hemorragia.Eduard sintió que el corazón se le detenía un segundo.Sofía apretó su mano débilmente.—Ed
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