El mundo volvió poco a poco.Primero, el peso en los párpados.Luego, el olor a colonia masculina. No era el de Eduard. Era más cítrico, más fresco… distinto.Después, una voz baja:—Tranquila. Estás a salvo.Sofía abrió los ojos.Sebastián estaba sentado en una butaca a un lado de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en ella. Había dejado la chaqueta sobre el respaldo y se había remangado la camisa. Parecía cansado… y preocupado.—¿Cuánto… tiempo he estado así? —preguntó ella.—Lo suficiente para que Wood casi derribe media casa —respondió con una media sonrisa suave—. El médico vino, te revisó, discutió con él… diagnóstico oficial: colapso por estrés, más falta de sueño, más un día de mierda.Sofía parpadeó.—Suena… preciso.—Soy bueno resumiendo —dijo él.Detrás de Sebastián, Sofía reconoció su habitación. Estaba en su cama, con una manta ligera sobre las piernas. En la mesilla, un vaso de agua y el sobre cerrado, doblado con cuidado. —¿Eduard…? —pregun
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