El corazón de Sofía latía tan fuerte que sentía la vibración en los dedos.
Arthur Robinson no era un hombre común.
Ni siquiera un hombre corriente dentro del mundo de los poderosos.
Era la clase de persona que hablaba y todo alrededor se detenía.
Y ahora, él la observaba como si fuera una respuesta que llevaba demasiado tiempo buscando.
—No entiendo… —murmuró Sofía, dando un pequeño paso atrás—. ¿Qué quiere decir con eso?
Arthur no avanzó.
Pero sus ojos la siguieron como si pudiera leerle cada pensamiento.
—Verás, Sofía… —dijo con un tono suave, casi paternal—, hay cosas que es hora de que sepas.
“Cosas”.
Una palabra demasiado grande, demasiado cargada.
—Yo… yo solo quería comprar comida —balbuceó ella, sintiéndose torpe.
Arthur soltó una exhalación breve, casi divertida.
—No te preocupes, no voy a detenerte. Pero voy a acompañarte.
—¿Acompañarme?
—A donde ibas —asintió—. Caminemos.
Sofía dudó.
Pero algo en su mirada… en cómo la observaba… no parecía peligroso.
Parecía… decidido.
Y au