Ignacio esperó unos minutos que se hicieron eternos, sentado en la sala, mirando de reojo hacia el pasillo, aguardando ver la silueta de Isabella aparecer por el pasillo.Quería hablar con ella y quería continuar lo que la lluvia había revelado entre ambos.Pero arriba, en la habitación, Isabela se había quedado inmóvil, con la mano todavía sobre el pecho.Aquel llamado –o lo que creyó haber escuchado– la había sacudido.Sentía que algo, tal vez el destino, le estaba diciendo que no debía volver a salir, no debía dejarse llevar por un deseo que hasta ese momento había tratado de negar.Él es un hombre casado, se repetía, aunque la calidez del beso aún la quemaba. Era mejor quedarse allí, lejos de la tentación. Se acostó junto a Fabián, dio vueltas una y otra vez, incapaz de conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, era Ignacio quien aparecía.En la sala, media hora después, Ignacio suspiró derrotado. Apagó las luces, cerró las puertas y subió a su habitación. Se acost
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