Ignacio sentado en aquel mueble de madera, respiró profundo. Necesitaba esa quietud, ese respiro lejos del tumulto de su vida, viendo la lluvia caer y sintiendo el olor a tierra húmeda, sin percatarse que detrás de él, estaba ella. Aquello lo transportó de golpe a su infancia, a los días de lluvia en esa misma cabaña jugando con su padre o con su madre y sus abuelos.
Ella se acercó despacio, movida por un deseo silencioso que ya no podía negar. Durante unos segundos él no se dio cuenta hasta