Llueve y crece el deseo

Ignacio sentado en aquel mueble de madera, respiró profundo. Necesitaba esa quietud, ese respiro lejos del tumulto de su vida, viendo la lluvia caer y sintiendo el olor a tierra húmeda, sin percatarse que detrás de él, estaba ella. Aquello lo transportó de golpe a su infancia, a los días de lluvia en esa misma cabaña jugando con su padre o con su madre y sus abuelos.

Ella se acercó despacio, movida por un deseo silencioso que ya no podía negar. Durante unos segundos él no se dio cuenta hasta que ella estornudo y el giró la cabeza y la vio allí, envuelta en la penumbra, con el cabello cayéndole suavemente sobre los hombros.

Sonrió, una sonrisa cálida y sincera.

—Pensé que estabas dormida.

—No podía —respondió ella apenas por encima del murmullo de la lluvia—. Quería disfrutar este momento… ¿te molesta si te hago compañía?

Él negó despacio.

—Nunca me molestaría tu compañía.

Ella caminó hacia él y tomó asiento en la otra esquina del banco de madera. Permanecieron así, en silencio
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