Luciano entró a la habitación y se dirigió directamente al vestidor. Aflojó el nudo de la corbata, dejó la chaqueta sobre una silla y comenzó a desabrocharse la camisa, dispuesto a ponerse la pijama. Margaret se quitó el albornoz de seda y lo dejó caer a un lado. Caminó descalza hasta él y, sin decir una palabra, se acercó por detrás. Lo rodeó con los brazos, apoyó el rostro en su espalda y comenzó a besarle la piel desnuda con lentitud. Sus manos se deslizaron por su abdomen y subieron hasta sus pectorales, acariciándolos con deseo. Luciano cerró los ojos apenas un instante. Luego, con un gesto firme, tomó las manos de ella y las detuvo. Se volvió solo lo suficiente para mirarla de perfil.—Estoy cansado, Margaret —dijo en voz baja—. Necesito darme un baño y dormir.Ella frunció ligeramente los labios, lo sujetó de los hombros y lo obligó a girarse por completo hacia ella.—No todavía, cariño —respondió—. Quiero que me hagas el amor.—Te dije que estoy cansado —insistió él, t
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