El día de la celebración llegó envuelto en un despliegue impecable. La mansión estaba decorada hasta el último detalle, todo al estilo de Valeria: elegante, ostentoso, calculadamente perfecto. Flores blancas, luces cálidas, copas de cristal y una multitud de invitados que llenaban la casa con risas y murmullos admirativos. Aquello era, sin duda, un escenario digno de ella. Isabella optó por permanecer en su habitación, entregándose al reposo, desde que Antonella se llevó a Fabián al apartamento la tarde anterior. Arístides le propuso asistir a un campamento académico y, para no estar sola con él, prefirió llevar al niño con ella. Además de eso, extrañaba a su sobrino. Isabella permaneció encerrada en su habitación. No quería bajar. Aquella celebración era una mentira de la que ella misma había sido cómplice al escribir los votos que Valeria leería. Había escogido la ropa con antelación, incluso se había mirado al espejo, pero al final se dejó caer sobre la cama, derrotada. No iba
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