El cielo de Nueva York se veía gris y distante a través de las ventanillas del jet privado, pero para cuando la aeronave comenzó su descenso sobre el valle de La Salle, en Montana, el mundo se había transformado en una explosión de ocres, verdes profundos y cumbres nevadas. La decisión de escapar al rancho había sido impulsiva, pero necesaria. En el aire viciado de la ciudad, los secretos pesaban demasiado; en la inmensidad de las montañas, tal vez habría espacio para que Joe y Abigail pudieran, finalmente, respirar.Joe y Abigail compartían una mirada de complicidad y paz. Llevaban a Cael en sus brazos, el pequeño balbuceaba, ajeno a las tormentas de los adultos. Junto a ellos viajaban Roberto y Arthur. Sin embargo, Arthur era una nota discordante en esa sinfonía de tranquilidad. Mientras los demás observaban el paisaje, él permanecía como un muro de seriedad absoluta, con la mirada perdida en el horizonte, aunque sus ojos no veían las montañas. Veían fantasmas.En su mente, Arthur e
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