El aire en la habitación se volvió gélido, una corriente invisible que me caló hasta los huesos. Mis padres no habían sido víctimas del azar, ni un simple error del destino; habían sido el daño colateral de un monstruo que, hace diez años, apenas estaba aprendiendo a matar. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, tragándose la poca estabilidad que me quedaba. —Basta, Martínez —intervino Sandro en seco. Su voz ya no era la del amante que me arrullaba anoche; era la del oficial al mando, cortante, autoritaria e impregnada de una disciplina que no admitía réplicas—. Esa información no es relevante para el caso actual. Estamos aquí para desmantelar la red de los Montessori, no para reabrir expedientes cerrados por falta de pruebas. Me giré hacia él, sintiendo cómo una furia volcánica comenzaba a reemplazar el vacío del dolor. Me puse de pie de un salto, desafiando su postura rígida. —¿No es relevante? —le espeté, y mi voz vibró con una rabia que me desconocí—. ¿Mis padres no so
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