El reloj de pie en el gran vestíbulo de la mansión Perseus marcó las ocho de la noche con una resonancia solemne, un sonido que retumbó en las paredes de mármol como el inicio de una sentencia.
Zander esperaba al pie de la escalinata imperial. Vestía un traje de tres piezas negro, medianoche, confeccionado con una seda tan oscura que parecía absorber la luz de las lámparas de cristal.
Estaba impaciente; sus dedos jugaban con el gemelo de plata de su muñeca, un gesto inusual en él que delataba u