El comedor principal de la mansión Perseus quedó sumido en un silencio sepulcral tras la partida de los Mancini. El aire todavía vibraba con la tensión de la cena, una coreografía de poder donde Selene había sido exhibida como la joya más valiosa de Zander. Él la quería allí, a su lado, no por amor romántico, sino por una decisión unilateral y absoluta: Selene Sartori era suya, y los Perseus no comparten sus tesoros.
Zander permanecía de pie al final de la mesa, observando las sombras que proye