La luz del amanecer en Ciudad A no era cálida; era una filtración grisácea y afilada que atravesaba los pesados cortinajes de terciopelo de la suite principal, dibujando líneas de polvo dorado en el aire estático.
Selene despertó con una sensación de pesadez en los párpados y un eco de calor en la piel que le recordaba, con una nitidez dolorosa, cada segundo de la noche anterior.
Se movió entre las sábanas de seda negra, sintiendo el roce de la tela contra su cuerpo desnudo, y por un instante,