Ciudad A despertó envuelta en una neblina plateada que se aferraba a los rascacielos como un sudario.
El sol, un disco pálido detrás de las nubes, no lograba calentar el asfalto gélido de la capital.
Para Selene, sin embargo, el aire nunca se había sentido tan electrizante.
Tras la apuesta ganada la noche anterior —aquella danza de acero y sudor donde había logrado arrebatarle un fragmento de control a Zander—, el mundo parecía tener colores diferentes.
Zander Perseus había cumplido su palabra