Llegué a la base de la antena de comunicaciones, una torre de metal que se alzaba como una aguja negra contra el cielo estrellado. La puerta de la cabina de control estaba blindada, pero para alguien que había pasado años hackeando los servidores de los Hamilton, una cerradura electrónica era un juego de niños. Conecté mi terminal al panel y, tras unos segundos de tensión, el cierre hidráulico siseó.Entré y el calor de las máquinas me golpeó. Mis dedos, torpes por el frío, empezaron a bailar sobre el teclado.—Vamos, Dante... aguanta —susurré, viendo cómo las barras de desencriptación subían lentamente.En una de las pantallas de seguridad de la torre, vi la escena abajo. El corazón se me detuvo. Dante estaba siendo lanzado contra un tronco de pino con una fuerza inhumana. El Cobrador era una pesadilla de músculos y reflejos aumentados; se movía con una rapidez que desafiaba la física. Dante se puso en pie, escupiendo sangre, y volvió a la carga con un rugido que se escuchó incluso a
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