Capítulo 1: La invitada de piedraMi padre, Santiago Valenzuela, no cree en las casualidades, cree en los resultados. Por eso, cuando me citó en su biblioteca y me entregó una tarjeta de acceso genérica, supe que el aire estaba a punto de cambiar.—Tu marido, Julián, dice que la sede sur es un reloj suizo —dijo papá, sin levantar la vista de sus papeles—. Pero los relojes suizos no pierden tres millones en "gastos de representación" en un trimestre. Ve allí. No como mi hija, no como su esposa. Ve como alguien que viene a buscar la basura que él esconde bajo la alfombra.Llegué a la empresa a las diez de la mañana. Me puse unos vaqueros oscuros, una chaqueta sencilla y el pelo recogido en una coleta. Sin maquillaje, sin joyas. Una sombra más entre los empleados. La recepcionista, una chica que mascaba chicle con desgana, ni siquiera me miró a la cara cuando le dije que era la nueva auditora externa enviada por la central. Me lanzó la tarjeta y siguió con su teléfono.Nada más poner un
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