La lancha negra atracó con una precisión fantasmal. La mujer que descendió no parecía una anciana, sino una estatua de mármol que el tiempo no se había atrevido a tocar. La Matriarca Moretti caminaba con una elegancia gélida, vestida con un traje blanco que cortaba la negrura de la noche. A su paso, los hombres de Luciano se arrodillaron, no por lealtad, sino por un miedo ancestral.Sol se mantuvo firme en el centro del muelle. Sus ojos plateados no parpadearon ante la presencia de la mujer que, según Alex, era el origen de toda su m@ldita tragedia. Alex, a su lado, mantenía la mandíbula apretada, con el arma baja pero el cuerpo listo para saltar.—Hijo mío —dijo la Matriarca, ignorando a Luciano, que gemía en el suelo con la muñeca destrozada—. Siempre has tenido buen gusto para las mujeres, pero esta vez te has superado. Has traído a casa algo que no podemos controlar.—Ella no es una propiedad, madre —gruñó Alex, su voz cargada de una advertencia que hizo que los guardias se tensar
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