El valle de las sombras se tiñó de un rojo infernal. El ejército de Silas avanzaba como una marea de colmillos y odio, destruyendo todo a su paso. Silas, en su forma de lobo negro gigantesco, encabezaba la carga. Sus ojos dorados habían desaparecido, reemplazados por un vacío oscuro que solo buscaba una cosa: el rastro de Selene.Cuando llegaron a la entrada del santuario, se detuvieron. Selene estaba allí, sola, en medio del camino nevado. No estaba transformada, no tenía armas. Solo vestía una túnica blanca que ondeaba con el viento helado.Silas volvió a su forma humana de un salto, aterrizando de manera brutal frente a ella. Su cuerpo estaba marcado por las cicatrices de las quemaduras que ella le había infligido, pero su obsesión era más fuerte que el dolor.—¿Qué le hicieron a mi hembra? —preguntó Silas, y su voz era un trueno que hizo temblar el suelo—. Te han lavado el cerebro con mentiras de linajes perdidos. Vuelve a casa, Selene. Ahora.—No hay casa a la que volver, Silas —
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