El eco del gruñido de Silas aún vibraba en las paredes de la celda cuando soltó a Kael. El guerrero cayó al suelo, tosiendo y recuperando el aire, pero Silas ni siquiera lo miró. Sus ojos dorados estaban fijos en la mano de Selene, en el hilo carmesí que resbalaba por sus dedos. Ese aroma, su sangre, despertaba en su lobo una sed de posesión que lo estaba volviendo loco.
—¿Te atreves a herirte para proteger a este imbécil? —la voz de Silas era un susurro peligroso, cargado de una herida que no