La primera noche en la fortaleza no fue de descanso. Sol no se permitió el lujo de dormir; en su lugar, exploró cada rincón de su "jaula de seda" con la meticulosidad de una espía. Se miró en el espejo de cuerpo entero del vestidor. La sudadera ancha ocultaba las curvas que Alex había recorrido con la mirada, pero Sol se la quitó, quedándose en ropa interior. Observó su cuerpo, la amplitud de sus caderas, la firmeza de sus hombros y la cicatriz casi invisible en su tobillo, el recuerdo de París