El aire en el claro se volvió irrespirable. El calor que emanaba de Selene no era el de una loba común; era un fuego ancestral que hacía que las hojas de los árboles se secaran y se convirtieran en cenizas al instante. Silas, que mantenía a Kael inmovilizado bajo su garra, sintió por primera vez un sudor frío recorrerle la espalda.
—¿Qué... qué eres? —preguntó Silas, su voz de Alfa flaqueando mientras sus propios instintos le gritaban que retrocediera.
—Soy lo que intentaste enjaular antes de e