La habitación del Alfa era una prisión impregnada de su aroma: sándalo, poder y una posesividad que asfixiaba a Selene. Desde la ventana, ella observaba las patrullas que rodeaban la torre. Silas no mentía; había puesto a sus mejores rastreadores en cada salida. No la veía como una compañera, sino como un tesoro robado que debía ser custodiado tras cerrojos de hierro.
—Crees que conoces mi fuerza, Silas —susurró Selene, apretando la herida de su mano—. Pero no tienes idea de lo que mi linaje gu