Había pasado un año exacto desde que el nombre de Isabel Vázquez fue borrado de los registros civiles. En este tiempo, el mundo había seguido girando, olvidando el escándalo de los Blackwood para centrarse en nuevas tragedias, pero para mí, cada día era una construcción minuciosa de una paz que todavía me parecía frágil, como el cristal recién soplado.Mi vida en Ginebra era metódica. Trabajaba como consultora anónima para organizaciones internacionales de derechos humanos, analizando flujos financieros para detectar redes de trata. Usaba el mismo conocimiento que Adrián me había obligado a aprender para destruir a hombres que se parecían a él. Era mi forma de mantener las manos limpias, a pesar de las cicatrices.Una tarde de otoño, mientras las hojas doradas cubrían las calles empedradas, recibí un sobre amarillo sin remitente en mi oficina privada. Mis dedos, ahora ágiles de nuevo, se detuvieron sobre el papel. Sentí un escalofrío familiar.Dentro del sobre no había una amenaza, si
Leer más