La habitación del hospital donde me refugié tras el despliegue policial olía a antiséptico y a una paz extraña, casi antinatural. Mis manos estaban envueltas en gasas blancas y mis mejillas, aún amoratadas, comenzaban a deshincharse. En la pequeña pantalla del televisor colgado en la pared, el mundo presenciaba el fin de una era."Caída del Imperio Blackwood", decía el titular en letras rojas.Las imágenes mostraban a Adrián siendo escoltado por agentes federales. Su rostro, aquel que alguna vez me pareció el de un dios, estaba desencajado, pálido, los ojos hundidos por el terror de quien lo ha perdido todo en un abrir y cerrar de ojos. Detrás de él, Celia gritaba incoherencias, intentando cubrirse el rostro con las manos esposadas, mientras la prensa la devoraba con la misma saña con la que ella me había devorado a mí durante años.Sentí una punzada en el vientre, el recuerdo físico de los trillizos que ya no estaban. Me acaricié la zona, no con dolor, sino con la solemnidad de quien
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