Nueva York se sentía como una celda de cristal. Adrián Montenegro permanecía en su suite del hotel, con la mirada fija en el video congelado de Elena. Su voz, ese susurro de ultratumba, seguía resonando en su mente: "No dejes que el odio se convierta en su corona". El microchip que Elena había ocultado en el oso de peluche contenía no solo el video, sino una serie de documentos escaneados que Clara, su madre, había confiado a Elena antes de morir, sabiendo que Adrián estaba demasiado cegado por