Desperté con el sol en la cara y Mateo saltando en la cama —ya va un año y medio, y es un huracán: corre por todo el apartamento, canta canciones que se inventa, y le gusta decir "¡mamá!" y "¡papá!" a todo volumen. Adrián está con él, jugando a que son aviones, y los dos se ríen hasta que se les duele la barriga. —¡Mamá! ¡Mira! ¡Yo soy un avión grande! —grita Mateo, extendiendo los brazos. —¡Guau, mi amor! —digo, sonriendo.— Eres el mejor avión del mundo. Adrián me coge en sus brazos y me besa en los labios. —Buenos días, mi reina —dice.— Tengo una sorpresa para ti. —¿Una sorpresa? —digo, curiosa.— ¿Qué es? —Te lo diré después de desayunar —dice él, con una sonrisa misteriosa.— Primero, come: he hecho tu desayuno favorito. Vamos al salón, donde la mesa está puesta con tostadas, miel, café fuerte y un pastel de frutas con la leyenda "¡Te amo, Lena!". Mateo se sienta en su silla pequeña y empieza a comer pan con mantequilla, ensuciándose todo. —¡Mateo, mi amor, come con cuidado! —
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