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Me vi al espejo una última vez y, de verdad, todo se sentía perfecto. Conan estaba en la oficina terminando de arreglar las cosas para el banquete, pero esta vez no me sentía sola para nada. Me sentía dichosa, como si por fin todo estuviera en su lugar. El vestido era una belleza. Era de un color crema clarito, con un diseño de florecitas bordadas que lo hacían ver muy fino. El corsé me apretaba justo donde debía, con unos botones de perla en el centro y un encaje precioso que me hacía ver muy bien. Los tirantes eran delgaditos, dejando mis hombros libres, y la falda tenía mucho vuelo, con un olan abajo que se movía cada vez que daba un paso. Me sentía radiante; creo que el brillo que traía en los ojos por el embarazo se notaba en cada pedazo de tela del vestido. Bajé las escaleras y ahí estaba mi niña. Rhea traía un vestidito rosa claro que la hacía ver como una princesita de cuento. En cuanto me vio, sus ojitos se abrieron grand






