Gaia
Han pasado cinco días desde que llegamos a la cabaña y, sinceramente, siento que han sido los más felices de mi vida. Desde aquella noche en que Conan y yo nos entregamos por completo, nuestro vínculo ha florecido de una manera que me corta el aliento.
De día, el mundo parece perfecto. Pasamos las horas jugando con Rhea, conviviendo como nunca lo habíamos hecho; somos, al fin, la familia que siempre debimos ser. Pero cuando cae el sol y la puerta de nuestra habitación se cierra detrás de nosotros, la civilización desaparece. Nos volvemos a entregar con una sed insaciable, como un par de salvajes que solo conocen el lenguaje de la piel y el instinto.
Sin embargo, no todo es color de rosa. Aunque intento ignorarlo, a veces noto esa mirada perdida en Conan. Sucede todos los días. Él guarda silencio, pero yo sé que sus dolores de cabeza son cada vez más fuertes; incluso he llegado a notar un extraño destello dorado en sus pupilas dilatadas, algo que no debería estar ahí.
Trato de