Conan
Me quedé ahí parado un momento, simplemente viéndola. Había pasado un mes desde que Gaia empezó a entrenar a las guerreras y verla ahí, en medio del campo, me llenaba de un orgullo que no me cabía en el pecho. Se movía con una seguridad que antes no tenía; ya no era solo la chica que amaba, era una líder. Mi padre estaba a mi lado y no dejaba de observar cada uno de sus movimientos.
—Mira cómo ha mejorado —me dijo mi padre con tono de aprobación—Tiene un instinto natural, Conan. No solo les enseña a pelear, les enseña a tener coraje.
—Lo sé, padre —respondí sin quitarle los ojos de encima— Es increíble lo que ha logrado en tan poco tiempo.
A lo lejos, alcancé a ver a Violette. Sentí una punzada inmediata en el pecho, esa atracción extraña que no podía explicar y que me quemaba por dentro. A pesar de que mi amor por Gaia es lo más sagrado que tengo, no podía negar que el cuerpo me traicionaba cuando Violette estaba cerca. Por eso, durante todo este mes, me había esforzado