Gaia
Entramos a la casa con una urgencia que nos quemaba por dentro. Conan caminaba con paso firme, cargando a Rhea con una delicada protección que contrasta con el fuego que desprende su cuerpo. Entramos en su habitación y la depositó suavemente en la cuna; la niña apenas soltó un suspiro, acomodándose en los almohadones sin despertar. Pero en cuanto Conan se asegura de que ella está a salvo, su paciencia se rompe por completo.
Me toma de la cintura y, antes de que pueda reaccionar, me levan