Isla caminaba de prisa, casi con inquietud, mientras recorría el pasillo apurada. Sentía el pecho oprimido y le faltaba el aire. Necesitaba alejarse, poner tanta distancia como fuera posible entre ella y aquel sofocante salón familiar.El embarazo de Delphine le dejó un dolor, una herida que apenas podía soportarla. Pero se negaba a llorar frente a ellos: Anna, Delphine y los demás. Querían verla derrotada; querían verla derrumbarse. No, no les daría ese gusto. Prefería ahogarse en su dolor en silencio.—¡Isla! —la voz de Gabriel resonó tras ella mientras él apresuraba el paso—. ¡Amor, espera!La desesperación en su voz era obvia y ahora sonaba más fuerte, frustrada.Isla se detuvo en la entrada de la sala de estar, a punto de salir. Se dio la vuelta con lentitud y sus ojos, llenos de lágrimas contenidas, se encontraron con los de él. Gabriel se quedó petrificado. Se veía herida, profundamente lastimada, y él se odió a sí mismo por ser el culpable. Sintió una presión en el pecho mientr
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