—Cariño, ¿por qué no estás en el trabajo? ¿Pasó algo? —preguntó Diana, levantándose de su asiento en la sala en cuanto Isla entró.
—Estoy bien, mamá. No hay de qué preocuparse —dijo Isla en voz baja, rodeando con sus brazos la delgada cintura de su madre.
Diana le devolvió el abrazo con ternura, aspirando el aroma de su hija. Pero además de la mezcla familiar de perfume, también pudo percibir la tristeza. Al separarse, sus ojos se posaron en la cara de Isla. Tenía los ojos hinchados y su sonrisa