Hace dos años, cuando Alfred sugirió por primera vez que Isla y Gabriel debían casarse, Diana lo había visto como una bendición: un pase de oro al círculo más alto de la sociedad. Era su oportunidad de elevar su estatus y callar a sus ricas y arrogantes amigas que siempre la menospreciaban.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Pocas semanas después del compromiso, alardeó de la noticia como si fuera un trofeo en cada merienda o gala benéfica. Se aseguró de recordarles a todos que su hija se uniría