Isla salió ya vestida. Tenía el cabello aún húmedo por la ducha, dejando que el suave aroma a jabón se le pegara a la piel. Se detuvo en el umbral y sus ojos azul eléctrico se posaron en Gabriel. En cuanto sus miradas se cruzaron, lo fulminó con la mirada y su expresión volvió a tornarse fría.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella con voz baja, pero con un matiz de acero.
Gabriel no reaccionó ante su enojo. En cambio, se dirigió a la mesa de centro, donde esperaba el carrito del desayuno, y comenzó a ac