Mientras los demás se apresuraban a felicitar a Delphine, haciendo que la habitación estallara en un ambiente de celebración, John buscó en silencio la mano de Isla. Su agarre era firme y le ofrecía un consuelo mudo. Sus ojos se cruzaron con los de ella y, en esa breve mirada, Isla captó el mensaje que él le transmitía: “Mantente fuerte. No te quiebres aquí”. Le dedicó un asentimiento antes de desviar la mirada, tragándose la tormenta que llevaba por dentro.Sus ojos se dirigieron, casi contra su voluntad, hacia Gabriel. Su cara era indescifrable. Mantenía una actitud tranquila. Ni un rastro de culpa, ni una señal de alegría, ni siquiera se veía molesto. Nadie podía adivinar qué pasaba por su mente.Alfred estaba igual: calmado, indiferente y sin revelar nada. Isla se dio cuenta de que ella debía hacer lo mismo. Por su dignidad, por su supervivencia, tenía que mantener la calma.—Una vez que se formalice el divorcio —continuó Anna con audacia, elevando la voz por encima del ruido—, sug
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