La mañana en la mansión Silva era inusualmente tranquila. El sol de Bogotá se filtraba por los ventanales del comedor, iluminando los jarrones de cristal que Carmen mantenía siempre con flores frescas, una costumbre que heredó de su padre.Carmen estaba sentada en la mesa del jardín, vistiendo una bata de seda negra. Frente a ella, La Cobra, vestida con ropa deportiva, servía dos vasos de jugo de naranja recién exprimido.—Hiciste bien en no ir hoy a la oficina temprano —dijo La Cobra, dándole un sorbo a su vaso—. Te ves más descansada. No todo en la vida es firmar cheques, Carmen.Carmen sonrió ligeramente, una expresión que todavía era rara en ella, pero que, con La Cobra, se permitía mostrar.—Lo sé, Cobra. Pero el trabajo me mantiene la mente ocupada. Es el único lugar donde siento que tengo el control absoluto.En ese momento, el sonido de unos pasos rápidos sobre el mármol anunció la llegada de Fernando. Entró al jardín con un maletín de cuero y una expresión de victoria en el r
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