El baño de la sala de urgencias de la Clínica Santa Fe era un cubo de luz blanca, aséptica y cruel, que no dejaba lugar donde esconder las sombras del alma. El zumbido del extractor de aire se mezclaba con el sonido del agua golpeando la porcelana.Nicolás Valente y Fernando López estaban parados frente a los lavabos, uno al lado del otro. Dos hombres, dos rivales, unidos por la misma tragedia y manchados con la misma sangre.Nicolás frotaba sus manos bajo el chorro de agua helada con una violencia desesperada. El agua se arremolinaba en el desagüe, teñida de un rojo brillante que parecía inagotable. Por más que frotaba, sentía que la sangre de Carmen había penetrado los poros, tatuándose en su piel, recordándole su fracaso.A su lado, Fernando se miraba al espejo. Tenía salpicaduras en la camisa y en el rostro. Se pasó una toalla de papel húmeda por la frente, temblando ligeramente. La adrenalina del rescate se estaba evaporando, dejando paso a una realidad fría y acusadora.Fernando
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