Ambas mujeres se giraron. Nicolás estaba allí, impecable en un traje ligero, pero con la mirada cargada de una sospecha oscura. Sus ojos se clavaron en los de Carmen, y por un momento, el tiempo se suspendió en un silencio tenso que Isabella no supo descifrar. El pulso de Carmen se aceleró; estar frente a él bajo la luz del día, después de la invasión nocturna en su habitación, era una tortura sensorial.Isabella, rompiendo el hechizo, se acercó a Nicolás y lo rodeó con sus brazos.—¡Amor mío! No es nada —dijo ella con una sonrisa dulce—. Solo le hacía una pregunta hipotética a Carmen. Cosas de mujeres.Carmen vio la oportunidad de escapar y, al mismo tiempo, de lanzar un último dardo.—Bueno... creo que es mejor que los deje solos —dijo Carmen, ajustándose las gafas de sol—. Así puedes aprovechar, Isabella, y le haces esa pregunta que tanto te inquieta. ¿No crees?Isabella bajó la mirada, intimidada por la presencia de su prometido. Nicolás, por su parte, no apartaba los ojos de Carm
Leer más