Me levanté de la camilla de golpe, con el pecho subiendo y bajando en una respiración errática y agitada. El sudor frío me empapaba la nuca. Damián corrió hacia mí, con el rostro desencajado por la angustia.—¡Adeline! ¿Cómo te sientes? Sabía que esto era una pésima idea... Vámonos de aquí ahora mismo.Él intentó ayudarme a levantarme para sacarme de ese agujero, pero lo detuve en seco, clavando mis dedos en su antebrazo.—¡No, espera! —le grité, obligándolo a mirarme.—¡Mira cómo estás! —replicó él, casi perdiendo la compostura—. Estás temblando, Adeline. Debes parar.—No, Damián, espera... —Cerré los ojos con fuerza, dejando que las imágenes terminaran de acoplarse en mi cerebro—. Empiezo a recordar... muchas cosas más. Había una caja...—¿Una caja? —preguntó Damián, confundido, deteniéndose a medio camino.—Sí, una caja fuerte. Recuerdo que Valentino quería que le dijera los cuatro dígitos... Querían lo que había dentro, querían el código. Recuerdo que me trajeron hasta aquí e incl
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