Entré de nuevo a la sala de eventos, sintiendo el golpe de aire cálido y el murmullo ensordecedor de la música. Todavía llevaba puesto mi abrigo de piel blanco; me lo sujeté con fuerza contra el pecho, como si fuera un escudo. Antes de dar un paso más, me miré de pies a cabeza, verificando desesperadamente que no tuviera manchas de barro, ni hojas secas, ni nada que me delatara. No podía haber rastro alguno de que estuve afuera, en la oscuridad, con el hombre que se supone no existe en mi vida.Miré alrededor del salón. Todos seguían riendo, comiendo, bebiendo e incluso bailando en la pista. Al parecer, nadie notó mi ausencia, y eso fue un alivio inmenso; me ahorraría las explicaciones que no tenía energía para dar.Me acerqué a la barra con paso firme, tratando de recuperar mi postura de empresaria.—Un trago suave, por favor —le pedí al bartender.En segundos, me entregó la copa. Le di un sorbo largo, sintiendo cómo el alcohol quemaba suavemente mi garganta, intentando calmar el tem
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